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AVANCES

22 de septiembre de 2020

La relación del CI (coeficiente intelectual) con la política

Sven Olof Joachim Palme (Estocolmo, 1927-1986), líder del Partido Socialdemócrata de Suecia [“Partido de los Trabajadores” en su denominación histórica original] desde 1969, fue primer ministro de este país nórdico europeo en dos etapas al frente del gobierno: de 1969 a 1976 y entre 1982 y 1986. El 28 de febrero de 1986 —cuando aún ejercía el cargo de primer ministro— fue asesinado por un desconocido mientras paseaba en compañía de su esposa tras salir de un cine.

Artículo realizado por Maria Rydkvist en Estocolmo el 20 de septiembre de 2020

Uno de mis lectores me escribió hace unos días porque le interesaba conocer mi opinión sobre el lugar del individuo superdotado en la política. En su comentario identificaba el uso de tests para medir el nivel del cociente intelectual, como una herramienta dogmática para el beneficio del poder del ala más conservadora en lo político. Entendiendo a su vez, que la inteligencia era algo más amplio que el mero cociente intelectual, y defendía la idea de que la inteligencia se concretiza en un todo más dependiente de la creatividad del ser humano, que del cociente intelectual, y que el CI, era un impedimento para entender la inteligencia de las personas en lugar de aportarnos datos sobre la inteligencia de las personas superdotadas.

Deduje de sus palabras, que la opinión que igualmente intentaba defender desde el propio dogma de un postura política más progresista, finalmente al separar dos piezas de un mismo todo, no hacía más que confirmar sus propios prejuicios y limitaciones al pretender anclar una cuestión tan compleja, en un razonamiento lineal sencillo, de polos enfrentados, del bien y del mal, llegando a escribir que “la inteligencia no es equivalente a un kilo de azúcar o a un centímetro de estatura”, nada más lejos de la realidad.

Esta persona me pidió mi opinión. Mi razonamiento es divergente.

Anders Tegnell, “el archiconocido” epidemiólogo sueco, fue preguntado por millonésima vez hace unos días por una periodista, por el tema del uso de las mascarillas por los ciudadanos durante la pandemia del coronavirus. Su respuesta fue la siguiente: “En la vida y en política, se suelen buscar respuestas sencillas a problemas complejos, pero esa forma de actuar ni es ciencia, ni abarca el largo plazo”.

En un programa de archivo de la televisión sueca del año 1977 que he visto estos días, se entrevista a Olof Palme (el carismático primer ministro socialdemócrata de Suecia y padre del sistema de bienestar sueco). El presentador le pregunta por un tema desconocido para muchos hoy en día, algo de lo que se hablaba mucho durante su carrera como político, la cuestión de su conocido y elevado cociente intelectual. Olof Palme poseía un cociente intelectual que lo situaba en la franja de individuo superdotado profundo. La entrevista comienza así:

Presentador: “Entiendes como un handicap el que te llamen intelectual y muy inteligente y esas cosas que se leen? “

Palme: “No. La cuestión es que lo cierto es, que se trata de química, de DNA y de esas cosas de las que he oído hablar en las presentaciones de los premios nobel. La inteligencia no es una característica de la personalidad, pero la cuestión es qué hacer con ella y en beneficio de quién?.”

Presentador: “Tu tienes un CI de 154 es eso cierto?”

Palme: “Es dudoso, no lo sé….(responde riéndose).”

Presentador: “Pero en Suecia no nos gusta nada que se pueda medir, ni el dinero, ni la inteligencia, no?”

Palme: “Bueno, volviendo a tu pregunta, se trata de una mezcla de genes, y es por ello el compromiso de utilizarla de un modo sensato.”

Presentador: “Pero no tenemos la costumbre en Suecia de perseguir a nuestros genios?”

Palme: “Si que es así, aunque no me considero ni genio, ni perseguido.”

En su primer discurso de año nuevo siendo ya presidente de Suecia en 1970, se dirige a los ciudadanos haciendo hincapié en las injusticias, en las desigualdades de la humanidad, en los conflictos que rodean y dividen al mundo y a las personas. Las últimas palabras en su discurso en televisión dicen lo siguiente:

“… No podremos hacer mucho sobre los grandes problemas que acontecen en el mundo, si no somos capaces de resolver los problemas que atañen nuestro propio vecino, nuestra propia localidad y a nuestro propio país. Feliz año nuevo!”

Mi opinión es que podemos encontrarnos en un pensamiento lineal, como con el uso de las mascarillas. Estancarnos en esa sensación de falsa seguridad que nos aporta su uso, pero que tiene como efecto el que nos relajemos en mantener el distanciamiento social, lo verdaderamente esencial para combatir la pandemia.

Opinando de un modo conspiranoico que el CI es una herramienta que usan los políticos conservadores para mantener el poder de los más poderosos, o, en su defecto, que todo el mundo puede ser superdotado a su manera sin necesidad de prestar atención a un elevado cociente intelectual, simplemente ni es ciencia, ni abarca lo que se “ser superdotado”.

La alta moralidad, la búsqueda del bien común, del bienestar del grupo por encima de nuestro propio bienestar, el señalarse con el dedo delante de todos por apuntar hacia la injusticia que nadie quiere ver ni se atreve a combatir son características del ADN del superdotado.

El elevado nivel de empatía como parte de un complejo razonamiento abstracto de la mano de la existencia de un elevado cociente intelectual, el poder intuir y sentir las necesidades y el dolor de los demás y del grupo pero siempre buscando las soluciones en el largo plazo, se “ser superdotado”. El impregnar esta forma de ser como único mensaje de vida que fluye de dentro de nuestro pecho junto con un elevado CI, es nuestro ADN, como ya reconocía Olof Palme.

La superdotación intelectual se trata de una cuestión compleja, que escapa de corsetes enclichados en “la creatividad”, en la “la supremacía blanca”, limitaciones ambas en lo ideológico cuyo efecto siempre será el impedirnos detectar a las personas altamente superdotadas. Un pensamiento lineal que nos impedirá apreciar la inteligencia innata y las dificultades y retos que la misma conlleva para el entorno que rodea a las personas superdotadas.

El cuestionamiento a la autoridad, el no parar nunca de aprender, la curiosidad insaciable que dirige ese “angst vital” y que siempre necesita de alimento, es consecuencia de un elevado cociente intelectual.

La elevada creatividad, pero entendida esta como proceso de razonamiento abstracto muy elaborado para la resolución de problemas, problemas, los más complejos, los de las cuestiones sociales que han afectado y afectan al mundo en el que vivimos y que son intrínsecos al ser humano, sabia estos, de la propia política entendida como ciencia social.

Es por ello que la relación CI, inteligencia y política se dan la mano, pero no siempre pueden hermanarse.

 

Por: Maria Rydkvist 

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