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22 de abril de 2020

Diario de la peste 15: Papá, ¿cuándo llegamos?

El profesor Richard Kelly saltó a la fama cuando sus hijos interrumpieron su entrevista con la BBC.

El coronavirus nos mantiene expectantes, a la espera de una vacuna que no llega, y cada nueva jornada se vive como otro capítulo que puede traer peores noticias que el anterior.

El pequeño que se asoma al balcón que está frente al mío, cruzando la calle, me mira, sonríe, levanta la mano, encoge los hombros, se mete dentro, regresa con varios muñequitos de Lego, se sienta en el suelo y, como no dejo de mirarlo, levanta los personajes y me los enseña. Me doy cuenta de que, por el modo de comunicarnos, posiblemente me he convertido en otro juguete ya que el diálogo gestual entre ambos, sobretodo para él que tiene una capacidad de fabular más potente que la mía, es imaginario. Yo vendría a ser algo así como su amigo invisible.

Este sábado, el presidente Pedro Sánchez, adelantó que se estudiaban medidas para que los niños puedan gozar de alguna salida diaria. Acto seguido se dijo que se permitiría a los menores de doce años acompañar a los padres al súper, a la farmacia o al banco. Los padres montaron en cólera, con lo cual el Gobierno, con la misma lógica del virus que necesita varios días para madurar en un cuerpo, después cedió y permitirá que los niños den un pequeño paseo en los alrededores de su casa. Eso es lo que está autorizado desde el inicio de la cuarentena en Italia y en Francia. Este fin de semana, en París, en el paseo habitual que da con su madre, Raphaël, mi pequeño sobrinito, se había citado con un amiguito, también acompañado de su mamá, para hacer un intercambio de comics. Estaban los cuatro en un pasaje del barrio, pasándose los libros, cuando fueron avistados por la policía y fueron conminados a desconcentrarse y circular, distanciadas una de otra, ambas parejas de madre e hijo. Mi sobrino ya me lo ha contado varias veces: es lo mejor que le ha pasado en la semana.

Los niños ya no saben que hacer y otro hábito que parecen haber adquirido es el de irrumpir en la habitación de sus casas cuando su papá o su mamá está, en directo, conversando con algún periodista de una cadena televisiva. Sigue circulando aquí y allá la aparición, ocurrida en 2017, de la pequeña hija del profesor Richard Kelly cuando estaba siendo entrevistado por un periodista de la BBC y, mientras intentaba, disuadir a la niña, entró en la habitación su hermana menor en un andador. Hay muchos más episodios parecidos dando vuelta por ahí. Incluso fakes: ya es un género. ¿Es esta la evolución del reality show?

Se cumplen veinte años en España de la primera emisión del Gran Hermano. Todas esas cámaras siguiendo en directo la vida de un grupo de jóvenes confinados en una casa. Como estamos hoy aquí, en Madrid, Buenos Aires, Nueva York, Londres y tantos lugares del mundo. Aquello fue la primera cuarentena catódica, antecedente de la que vivimos hoy en casa. El éxito de Gran Hermano produjo clones más esperpénticos aún con personas recluidas en una isla o parejas convocadas en restaurantes escenificando una primera cita. El formato, también, promovió el reality show en su versión cotidiana, descarada, en la que famosos por relación (parejas anónimas de artistas o deportistas) salen a contar su vida diariamente sin guion y sin freno. Como el coronavirus que nos mantiene expectantes, a la espera de una vacuna que no llega y que en cada inicio de una nueva jornada se vive como otro capítulo que puede traer peores noticias que el anterior. Mientras tanto, la cámara de nuestros celulares, tabletas o portátiles está operativa para llevar nuestra imagen y recibir la de otro, mantener reuniones laborales o asistir a un webminar. Como en el gran teatro de Oklahoma que ideo Kafka, cada uno de nosotros actúa de lo que es (América, Alianza, Madrid, 1975). Tal vez porque nuestra ilusión sea, como la del personaje de la novela, que en este teatro haya trabajo para todos. Los miembros de la Real Academia han encontrado uno y se reúnen a través de Zoom, conectados cada uno desde sus domicilios, para definir "coronavirus" en el diccionario. Desean hacerlo rápido, "con cierta urgencia, pero con la debida seriedad", dice Santiago Muñoz Machado, el director de la RAE a El País. Llevan varias reuniones virtuales con ese fin. La prisa, imagino, es por la ventaja competitiva que les saca el virus en su propia labor.

Carlos Bayala, desde su casa en Londres, inició el jueves pasado unas charlas en Instagram (@bayalagratis) en las que reflexiona sobre la comunicación. Una de las cosas que me llamó la atención (debido a mi cultura lacustre: llena de lagunas) es que el significado de mensaje en alemán [nachricht], al menos en una de sus acepciones, es "llevar nuevas". Es posible, entonces, que la expresión coloquial argentina "qué te contás de nuevo", conecte que esta definición. Aunque, me temo, como llevo años viviendo fuera del país, que pueda haber caído en desuso, como el verbo "escorchar" que utilizaba mi padre y que aparece en los diálogos de Los premios de Cortázar (Los premios, Alfaguara, Madrid, 1983) o el adjetivo "turro" que Arlt pone en boca de los que desprecian a Erdosain: "rajá, turrito" (Los siete locos, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1986). Bayala, para ilustrar su charla, nos enseñó una suerte de modelos caseros hechos con los mismos muñequitos con los que juega mi vecinito. No olvidó mencionar que era un aporte de Domingo, su hijo, preparado para la presentación. Imagino al niño eligiendo y disponiendo los personajes mientras su padre preparaba el trabajo. Puede que el niño lo recuerde de mayor, cuando evoque los tiempos de la pandemia. Días que tampoco olvidará mi sobrino, incluyendo el episodio de la policía a la que se enfrentó por traficar con libros. Por cierto, los veinte años de Gran Hermano se cumplen mañana, 23 de abril. Día del libro.

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