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21 de febrero de 2020

Según un estudio, los hombres sufren en silencio la cultura laboral

Se suele creer que el conflicto entre el trabajo y la familia es algo que solo viven las mujeres. Una nueva investigación sugiere que los hombres lo sienten tanto como las mujeres y también debilita su compromiso con su empleador.

Las personas suelen creer que el conflicto entre el trabajo y la familia es algo que solo viven las mujeres y asumen que las empuja a abandonar sus trabajos. Sin embargo, una nueva investigación sugiere que los hombres lo sienten tanto como las mujeres y también debilita su compromiso con su empleador. Un artículo publicado esta semana en Harvard Business Review analiza por qué tanto hombres como mujeres sienten el conflicto entre el trabajo y la familia, y también las razones por las que los sentimientos de los hombres permanecen prácticamente invisibles. Las autoras, Robin Ely de la Escuela de Negocios de Harvard, e Irene Padavic, de la Universidad del Estado de Florida, estudiaron una firma de consultoría global durante 18 meses. En entrevistas con el equipo de investigación, en el que también se incluía Erin Reid, de la Universidad de McMaster, los hombres expresaron una profunda tristeza y culpa por no estar ahí para sus hijos y sus parejas. 

No es el único estudio en revelar que los hombres sienten el conflicto entre el trabajo y la familia, pero es notorio por la imagen que pinta de los hombres que sufren en silencio, y la manera en que ese silencio y la apertura de las mujeres conspiran para mantener el status quo.

Un padre trabajador contaba la desoladora historia de su hijo jugando solo con un tren de juguete, bajo la mirada fría de su niñera. Otro parecía triste porque su hija siempre preguntaba por su madre a la hora de irse a la cama, nunca por él. No obstante, aunque estos hombres sentían en conflicto entre el trabajo y la familia profundamente, también tendían a suprimir esos sentimientos, minimizando los suyos o desviándolos hacia las mujeres. 

Uno describió cómo se enamoró "química y profundamente" de su hija recién nacida y dijo que eso lo ayudó a "entender" por qué algunas mujeres no quieren regresar al trabajo después de tener hijos. Su conclusión no era que tuviera derecho a sus propios sentimientos mezclados, sino que debe ser difícil para las mujeres encontrar un equilibrio entre el trabajo y la familia. Otros se distanciaban de sus temores a través del humor, o haciendo énfasis en que sin importar cuán mal se hayan sentido antes, ahora están mejor; ahora que no están en un encargo de seis meses en el extranjero, ahora que solo uno de sus hijos llora cuando se van a trabajar, ahora que el de 7 años "casi" puede prepararse su propio desayuno. 

. En cambio, las mujeres eran más francas respecto a sus sentimientos sobre el conflicto entre el trabajo y la familia. No los escondían ni los proyectaban en alguien más. También tenían mayor probabilidad de tomar medidas al respecto, como cambiar un rol de relacionamiento con los clientes por uno con horarios más predecibles. En consecuencia, las mujeres renunciaban a más poder dentro de la firma –y su progreso se estancaba–. Las mujeres representaban 37% de los asociados junior, pero solo 10% de los socios, y las que habían alcanzado esa posición se demoraron mucho más en hacerlo que los hombres. Si bien el liderazgo de la compañía asumía que eran las mujeres las que tenían problemas con su cultura 24/7, hombres y mujeres reportaban por igual que el ritmo era abrumador, –e innecesario–.

Los consultores describieron tener que trabajar toda la noche para preparar presentaciones de 100 diapositivas que, sabían, los clientes no usarían, ni habían pedido, y probablemente ni siquiera leerían, pero que nadie en la firma parecía creer que fuera posible dejar de producir. Si suena un poco como un culto, es porque en cierta forma lo es, en el sentido de que el trabajo es una especie de religión, y los devotos no muestran su devoción rapándose, sino trabajando todo el tiempo. Los hombres dejaron claro que trabajar de esta manera tiene consecuencias en su compromiso con la firma. Un padre dijo que "ocasionalmente pensaba en renunciar", cuando por culpa del trabajo debía perderse los partidos de fútbol de su hijo –y su hijo estallaba en lágrimas–.

Otro dijo que tenía "un exceso de trabajo y un déficit de familia", y que si tuviera que apostar, "apostaría a que dentro de un año estaré trabajando en otra parte". Y eso es exactamente lo que pasó. De hecho, aunque la firma asumía que las mujeres tenían una mayor rotación, tres años de datos demostraban que los hombres renunciaban tanto como las mujeres. 

No obstante, cuando las investigadoras presentaron sus hallazgos a los líderes de la firma –que la cultura del trabajo excesivo perjudicaba a hombres y mujeres por igual, pero que las mujeres pagaban un precio desproporcionado– la gerencia rechazó esta conclusión, así como las soluciones de género neutrales propuestas. Insistían en que el conflicto entre el trabajo y la familia era exclusivo de las mujeres, y que cualquier solución debería abordarlas a ellas únicamente. 

En vista de que las soluciones específicas para las mujeres solo parecen descarrilar sus carreras, no parece probable que otra ayude. No podemos seguir fingiendo, ante la evidencia cada vez mayor, que el conflicto entre el trabajo y la familia es exclusivamente un problema de las mujeres, o que la única razón por la que no hay más mujeres que trabajan 24/7 es que tienen hijos.

Lo más cercano a la verdad es que NADIE quiere trabajar 24/7, porque es una manera miserable de vivir. En lugar de ofrecer a las mujeres otro cáliz envenenado en forma de programas flexibles que solo las marcan para castigarlas, la gerencia debe acabar con las culturas laborales disfuncionales basadas en un exceso de trabajo y cumplimiento innecesarios, que empujan a hombres y mujeres a buscar otros arreglos laborales. Las personas talentosas y trabajadoras tienen opciones. Frecuentemente, también las ejercen.

 

Fuente: Ambito

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