LEGALES

7 de noviembre de 2019

Cuando la violencia viene de al lado

¿Cómo se llegó a esta determinación? Aquí viene la historia.

Verónica vive en Boedo en un monoambiente desde hace dos años. En uno de esos edificios de muchos departamentos donde se escucha todo. Es periodista, y trabaja de manera independiente en comunicación con empresas.

En el departamento de al lado, el de la izquierda, viven una abuela, con su hija y su nieto, de unos 20 años, al que llamaremos Ernesto aunque no es su nombre real. Siempre hubo una buena relación de vecinos, más allá de que, cada tanto, Verónica escuchaba algunos gritos y malos tratos de parte del chico hacia las mujeres.

Un día de 2018 comenzaron los problemas más serios. Los vecinos del piso en el que vive Verónica y los de abajo comenzaron a quejarse ante la administración porque este chico usaba el pasillo para "guardar" la bicicleta, lo que impedía que las personas pudieran moverse cómodamente por ellos.

Luego, comenzaron a aparecer amigos de este chico que no vivían en el edficio deambulando por los pasillos, o dormidos en las escaleras, rodeados de botellas vacías y colillas de cigarrillos.

Las quejas fueron creciendo. Los grupos de Whatsapp de los vecinos donde se compartían las fotos de las diversas situaciones y los reclamos al administrador se hacían intensos. También las discusiones en el departamento de al lado de Verónica, los golpes y los portazos. Corría febrero de 2019.

Aunque eran varios los testigos de esta situación la duda era si debían llamar a la policía o no. "Muchas somos mujeres que vivimos solas y nos daba miedo la situación", contó la misma Verónica.

Ella era la principal testigo de la situación de violencia que cruzaba las paredes del departamento de al lado. Y lo advertía en el chat de Whatsapp. Temía que pudiera ocurrir una tragedia.

"Un día un vecino llamó a la policía. Ese día se escuchó claramente que el chico le pegó a la madre y a la abuela, había gritos. La violencia era clara.

No fui yo quien llamé porque, de hacerlo, ellos me escucharían", amplió Verónica. No lo hizo no porque no tuviera conciencia sino porque tenía, básicamente, temor.

Después de esa situación hubo una denuncia por violencia de género. El muchacho se fue de la vivienda. Si bien volvió varias veces durante un tiempo ni su mamá ni su abuela lo dejaron entrar. Aunque al edificio sí lo hacía.

La policía, entonces, pidió a los vecinos que cambiaran la cerradura, de modo de impedir el ingreso al edificio. A eso se sumó una custodia policial porque Ernesto sería merodeando el edificio. Pretendía entrar.

Esa custodia duró un mes. Mes en el que Ernesto pudo ingresar varias veces al edificio porque, cuando los policías se distraían, o su mamá o su abuela lo dejaban entrar. La excusa era que iba a buscar ropa, o que necesitaba otra cosa.

No pasaron dos meses que el joven volvió al departamento. "Pero volvió con más ínfulas que antes. Se profundizó el mal comportamiento que había mostrado previamente. El y sus amigos estaban en las escaleras, en los pasillos, tirados, rodeados de cerveza, orinados. A tal punto era la situación que una noche una vecina contó que se fue a dormir a otro lugar porque el grupo estaba en la puerta de su departamento y le dio miedo ingresar", describió Verónica.

Como las quejas de los vecinos continuaron el administrador le puso una multa, de unos $300, que llegó en agosto pasado, junto con las expensas.

"Cuando lo recibí se armó un bardo tremendo. Ya se venía escuchando la violencia que crecía. Alguien volvió a llamar a la policía y cuando vino, gritó: "Esta es la mogólica de al lado, le voy a arrancar la cabeza", relató Verónica.

No pasaron tres minutos, y Ernesto no sólo seguía con los gritos sino que salió de su departamento para dirigirse directamente a la puerta de su vecina para patearla y golpearla con los puños.

"Mogólica salí que te voy a arrancar la cabeza", me decía, siguió Verónica. "Y todo esto sin que yo hiciera nada. Nunca le hablé, no lo denuncié, no hice nada. De fondo, la abuela le decía que volviera porque no era yo, mientras el seguía insultando", agregó.

Temblando, Verónica trató de destrabar su teléfono móvil para grabar lo que estaba ocurriendo y, así, los vecinos pudieran saber. Cuando la abuela logra retirarlo de la puerta, Verónica la abrió –estaba cerrada con llave, de lo contrario se la hubiera tirado abajo, aseguró- y le preguntó, mientras continuaba grabando con su celular, qué le pasaba.

El siguió amenazándola con arrancarle la cabeza. La abuela lo justificaba diciendo que se había puesto nervioso por la multa. Verónica les advirtió, recién en ese momento, que haría la denuncia si la amenaza continuaba. Y llamó a la policía, que vino rápidamente, pero ella no podía bajar.

Ernesto estaba gritando, como loco, en el pasillo. Si ella salía de su casa se toparía con él. El pasillo que llevaba al ascensor se había convertido en una especie de callejón sin salida.

Entonces la policía tocó el timbre del departamento de Ernesto. Ahí bajaron todos. Verónica también.

Fue el momento en que la periodista efectuó la denuncia en la fiscalía 27 de la Ciudad de Buenos Aires, comisaría 5B. La policía le ofreció la contención necesaria para sobrellevar ese momento. En la fiscalía, después de una hora y media de declaración, le dijeron que ya podía volver a la casa y que, cualquier problema, llamara al 911. Esta primera recomendación no resultó tranquilizadora

Tras ratificar y ampliar la denuncia, Verónica se vio obligada a hacer una "reforma" en el timbre de su casa. Como Ernesto no podía entrar al edificio, se iba hasta la puerta y apretaba el timbre del departamento de, ahora sí, su denunciante. Ella tuvo que incluir un interruptor para evitar recibir los timbrazos de noche y poder conciliar el sueño.

"Una claramente no piensa que esto le pueda pasar. Porque tendemos a pensar que la violencia de género se suele dar en el marco de la pareja. Pero no, es más amplia", reflexionó Verónica.

Cuando ratificó y amplió su denuncia en la Fiscalía de Paseo Colón incluyó en esa presentación a la mamá de Ernesto, porque también la amenazó. A partir de esa situación, se instaló una custodia permanente en la puerta del edificio, además de haber sido provista con el botón antipánico. Ese que difícilmente funcionara bien.

La historia dio un vuelvo cuando Verónica logró ponerse en contacto con el fiscal subrogante. Ahora se espera que la denuncia avance y llegue a la instancia del juicio. En el medio están la tobillera, las provocaciones y las alarmas. Un avance, claro que sí. Pero todavía con mucho más para trabajar.

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