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2 de noviembre de 2019

Un poco de historia de la marcha del orgullo LGBT

A principios de los 90', la movilización aún no era una fiesta ni multitudinaria, ni se había incorporado al calendario de la ciudad.

El 2 de julio de 1992, hubo paro docente nacional y marcha a Plaza de Mayo para protestar contra la política educativa neoliberal de Carlos Menem. El ministro del Interior, José Luis Manzano, lagrimeó en un acto en homenaje a policías caídos en servicio. Por primera vez en la Argentina, trasplantaron a una bebé parte del hígado de su madre. La nena se llamaba Agostina, tenía casi dos años y sufría una enfermedad mortal. El procedimiento fue realizado por médicos del Hospital Italiano, informaría al día siguiente el diario Clarín. Junto a esas noticias, su tapa tendría que haber incluido la única de ese día que hizo historia: por primera vez, se realizó aquel jueves la marcha del orgullo en la ciudad de Buenos Aires. Pero, como cantaban entonces Joaquín Sabina y Juan Carlos Baglietto, en el diario no hablaban de ti, ni de mí. Aún no.

Fueron cerca de trescientas personas, la mayoría con el rostro cubierto, porque temían ser reconocidos y perder su trabajo o el afecto de sus familiares. A la generación que vivió su adolescencia en la era del matrimonio igualitario y ahora usa, inclusive, lenguaje de género, pulserita del arcoíris y pañuelo verde en la escuela, aquella Argentina le resultaría irreconocible. Pero fue hace apenas veintisiete años.

El peronismo estaba aliado a la UCeDé del ingeniero Alsogaray y, apenas unos días antes, habían perdido las elecciones para senador en Buenos Aires frente a Fernando De la Rúa, entonces un radical con mucho futuro –algo que aún era posible. El candidato peronista era el chetísimo rector de la Universidad de Belgrano, Avelino Porto, y llevaba en su lista de electores (había que votar a otra gente para que se reuniera y eligiera al senador) a Daniel Scioli, Patricia Bullrich y Cristian Ritondo, a quienes no separaba ninguna grieta. Internet era un invento reciente del que apenas habíamos oído hablar y los celulares eran unos aparatos enormes y carísimos a los que les decían “ladrillo”, que solo servían para hablar por teléfono. El tema del año fue “I Will Always Love You”, interpretado para una exitosa película por Whitney Houston. La Unión Soviética acababa de derrumbarse, así como el Muro de Berlín. Ese año, también por primera vez, la televisión argentina mostró un beso gay, protagonizado por Rodolfo Ranni y Gerardo Romano.

Pero la percepción social de la diversidad sexual en aquellos días, no solo en Argentina sino también en la mayor parte de Occidente, era inclusive más diferente de hoy que la moda, las canciones, la política criolla o los celulares. Hablar de matrimonio gay parecía tan utópico como pensar que los acreedores nos iban a perdonar la deuda externa y el Vaticano iba a tener una mama, en vez de un papa. La lucha de los homosexuales, por aquel entonces, era por no morirse.

Un año y medio después de aquella primera marcha “del orgullo gay lesbiano”, Roberto Jáuregui fue al programa del doctor Mariano Grondona (lo más progresista que había en televisión, aunque usted no lo crea) y le pidió al aire: “Abrazame, aunque tenga SIDA”. Grondona lo abrazó entre aplausos y yo, que tenía trece años, sentí que el sillón de casa me tragaba.

En el programa se había hablado de homosexualidad y SIDA, dos palabras que venían siempre juntas y cubiertas de miedo, desprecio, culpa, vergüenza y condenas a un fuego eterno que comenzaba en el más acá. Mi viejo dijo algo así como que había que ser muy hombre para hacer lo que había hecho Jáuregui, lo que, en aquel momento, no era una idea tan machista como suena hoy, sino casi lo contrario. Y yo, que aún no era consciente de que era gay –aunque, en algún nivel de la consciencia, siempre lo sabemos– sentí de repente que eso, por alguna razón que no entendía, era importante para mí. Era la primera vez que escuchaba un comentario positivo sobre una persona homosexual.

Roberto era el hermano de Carlos Jáuregui, una especia de prócer de lo que hoy llamamos movimiento LGBT, que entonces era apenas gay, u "homosexual". Ambos fallecieron de SIDA poco después. En aquellos años, era una enfermedad contra la que poco podía hacerse, más que morirse. Cuando alguien se contagiaba el HIV, se decía que estaba “infectado” y mucha gente aún pensaba que solo los homosexuales y otras personas “promiscuas” podían infectarse, porque, hasta poco tiempo atrás, a ese extraño virus se le había llamado “peste rosa”. Hasta que empezó a morir otra clase de gente, a muchos no les pareció mal que existiera.

La Iglesia católica, en su infinita maldad, aprovechó la confusión para decir que era un castigo de Dios, ese psicópata todopoderoso que se divierte enfermando humanos para que se mueran de muerte lenta en la cama de un hospital, donde ni siquiera dejaban entrar a sus parejas para acompañarlos, porque no eran “de la familia”. Poco más de dos años después del primer orgullo y exactamente dos antes de la muerte de Carlos Jáuregui, monseñor Antonio Quarracino, una víbora menemista que había estado al frente de la Iglesia argentina y tenía un programa en la televisión pública, propuso mandar a todos los homosexuales a una isla, donde “no será necesario que se pongan caretas en las manifestaciones”. Parte del sentido común de la época pasaba por ahí.

Aliviaría muchas conciencias decir que los malos eran apenas Quarracino, el papa polaco y la ultraderecha, pero el sentido común suele ser más común que eso. Cuenta Osvaldo Bazán en su extraordinario libro Historia de la homosexualidad en la Argentina que, en plena primavera democrática, el Partido Comunista expulsaba a sus militantes gays.

El histórico dirigente del PC Fernando Nadra decía en una entrevista que sería “muy doloroso” tener un hijo gay y agregaba que preferiría, inclusive, que fuera policía. El ministro del Interior de Alfonsín, Antonio Troccoli, respondía a las críticas por las razzias policiales contra los homosexuales que “la homosexualidad es una enfermedad y pensamos tratarla como tal”.

En la década siguiente, quien ocuparía el mismo cargo con Menem, José Luis Manzano, dijo lo mismo: “Son enfermos, pobres”. Los edictos policiales, que existieron hasta 1998, permitían a la policía detener a los gays en la calle, como si estuviéramos en Arabia Saudita. Muchas veces los chantajeaban con llamar a su familia y sacarlos del armario y así conseguían que de declararan culpables de cualquier infracción menor que permitiera llevárselos. Una noche, en la disco Contramano, Carlos Jáuregui enfrentó a la policía como si estuviera en Stonewall, pero no lo acompañó casi nadie: había miedo, pero también un poco de resignación. Siempre había sido así.

Estaban muy solos. Los derechos de nuestra comunidad no estaban en la agenda de los partidos de izquierda (mucho menos de los de derecha) y ni siquiera de los organismos de derechos humanos, salvo unas pocas excepciones. Hebe de Bonafini —cuenta Bazán en su libro— se fue de la revista El Porteño porque su director, Gabriel Levinas, no quiso echar a unos columnistas gays: “O sacan a los homosexuales o me voy yo”, dijo la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, que muchos años después firmaría una solicitada a favor del matrimonio igualitario (aunque recuerdo lo irritada que estaba cuando fuimos a pedirle su apoyo).

El único político que iba a las primeras marchas del orgullo era el diputado Luis Zamora, al que luego se sumaría María José Lubertino. La primera vez que una pareja gay apareció en la portada de una revista, Siete Días, en 1984, el título había sido: “El riego de ser homosexual en Argentina”. De ese lugar veníamos.

Pero, si alguien cree que aquellos tiempos fueron los peores, es porque ni se imagina todo lo que había pasado en las décadas anteriores. En realidad, fueron los años del destape, del inicio del movimiento por los derechos civiles, de las primeras libertades conquistadas. Los que iniciaron ese camino, como Jáuregui, Ilse Fuskova, Lohana Berkins y otros, cuando a las marchas la mayoría aún tenía que ir con la cara tapada, abrieron paso para que la generación siguiente llegara adonde llegamos.

Para ellos fue mucho más duro que para nosotros y algunos no vivieron para ver las primeras grandes victorias, pero antes había sido mucho peor: apenas silencio, persecución, maltrato y vergüenza. El SIDA, paradójicamente, fue una tragedia humanitaria gigantesca que, al mismo tiempo, empujó a la comunidad LGBT —que aún no era llamada así— a organizarse, porque había que luchar para sobrevivir. Y, cuando la medicina y la conquista de políticas públicas de prevención y tratamiento comenzaron a hacer que la enfermedad pasara a un segundo plano, otras reivindicaciones ocuparon el primero. Era hora de reivindicar derechos, igualdad.

Luego de siglos en los que todo fue más o menos igual, algo empezaba a cambiar. Las primeras marchas del orgullo, inspiradas en el movimiento que comenzó en Stonewall y empezó a crecer en todo el mundo, no eran tan fáciles y divertidas como las de hoy, a las que van, inclusive, diputados gays fuera del armario, artistas, camiones con música patrocinados por las empresas o los gobiernos y decenas de miles de personas, inclusive muchísimas que son heterosexuales y cisgénero.

Hoy que hasta una conocida marca de gaseosas hace un hermoso comercial llamando a participar y, por las conquistas de los últimos años, tenemos tanto para celebrar (aunque aún tenemos, también, mucho por lo que luchar), es importante conocer la historia de ese movimiento que, cuando comenzó, había que ser muy valiente para integrarlo. Las marchas aún no eran una fiesta, ni eran multitudinarias, ni se habían incorporado al calendario de la ciudad, pero si no hubieran existido entonces, no estaríamos donde estamos ahora.Por eso, es también por la memoria de quienes dieron el puntapié inicial que marchamos hoy en Buenos Aires. ¡Y que viva el orgullo!

 

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