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6 de marzo de 2019

Dylan, Brenda y Kelly: mucho más que el triángulo amoroso de los 90

Luke Perry también será recordado por haber sido el epicentro de uno de los mayores dramas emocionales catódicos que vivió la generación X

Si existe una ruptura grabada a fuego en la memoria de la generación X es esa en la que suena REM de fondo en un porsche convertible en la playa. Con Losing my religion como eco de un atardecer aparentemente idílico se rompieron muchas ilusiones naífs adolescentes: Brenda (Shannen Doherty) cortaba con Dylan (Luke Perry) por el agobio (y soledad emocional) de haberse imaginado preñada a sus 16. El drama y cataclismo generacional llegaría poco después con su estancia veraniega en París. Una escapada que sirvió para desarrollar uno de los giros de guión más épicos de la serie que Vanity Fair etiquetaría como el paradigma del “caucasian chic” de los 90: en su ausencia, Dylan se enrolla con su mejor amiga, Kelly (Jenni Garth). La puñalada fue histórica. Se iniciaba así la leyenda del triángulo amoroso más potente de la televisión desde que otra rubia (Linda Evans) y morena (Joan Collins) librasen sus propias batallas por un hombre en Dinastía.

Puede que Sensación de Vivir fuese un símbolo del privilegio blanco estadounidense, una serie a la que la crítica acusó de ser “un anuncio de consumismo y estatus donde hasta los extras están de buen ver”, pero moldeó e influyó sobre la angustia adolescente de toda una generación. Algo que reconoció hasta el museo de la Radio y Televisión estadounidense, que incluyó en su colección permanente el episodio en el que Andrea lucha por distribuir condones en ese aspiracional e impoluto instituto en el que, por cierto, en la vida real fueron compañeros de clase Monica Lewinsky, el hijo de Katharine Graham y la propia Donna (Tori Spelling, hija del productor).

Con menos afán de sacar las uñas estereotípicas de la pelea de gatas y más centrada en analizar las consecuencias sobre qué pasa cuando se derrumban los pilares de confianza que sostienen los vínculos emocionales de la adolescencia, la piedra angular de la serie, esa relación a tres, llegó en la tercera temporada. El público nunca se cansó de la trama: el fantasma de este trío daría juego durante todo el show (y hasta en su reboot). “Brenda-Dylan-Kelly fue un romance con estructura propia, eternamente extraño e inacabado”, recuerda Tim Teeman en The Daily Beast a propósito de la súbita muerte de Luke Perry por infarto cerebral.

Los altibajos emocionales y el ahora-sí ahora-no de Brenda con Dylan perduraron hasta la cuarta temporada, cuando Doherty abandonó la serie afectada por habladurías de divismo y maldad en el set de rodaje del que se desharía y rehabilitaría años después. Dylan y Kelly lo intentaron hasta la sexta temporada, cuando Perry abandonó el show tras enamorarse de la hija del supuesto asesino de su padre y Brandon conquistara a la rubia del trío. Dylan volvería en la novena temporada, desvelando una supuesta relación con Brenda de dos años durante su elipsis y poniendo contra las cuerdas a Kelly por su adicción a la heroína. La ecuación parecía resuelta al final de la serie: Dylan y Kelly acababan juntos. El cierre perfecto, como la vida misma, nunca llegaría. Llegó el reboot en 2008, y Kelly aparecía en la nueva generación separada de Dylan pero con hijo de ambos, Sammy. Brenda llegaría aparecer en algún capítulo y ambas recordarían sus andanzas con el moreno de tupé a los James Dean igual de atormentado, pero más sensible y amable.

“Este triángulo sobrevivirá a Perry, de hecho, nos sobrevivirá a todos nosotros. Como la mejor televisión, y como las mejores tramas en la televisión y como los recuerdos del propio Perry, seguirá siendo apreciado más allá de lo que duró”, apunta Deeman y desvela la existencia de un rincón de internet en el que se debate entre el ¿y tú de quién eres, de Kelly o Brenda? Gana la morena.

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