16 de enero de 2019

La culpa, el instrumento de control de las religiones

Ahora somos tan pobres que ni siquiera tenemos la culpa. 

Con el fin de la cultura religiosa aprendimos a pensar que los fallos no son nuestros, que son de los conjuntos, las sociedades o las estructuras. El infierno son los otros

Que uno de los inventos más extraordinarios que los manuales no registran: a los inventos más extraordinarios suele sucederles. Antes de él, aquellos hombres y mujeres vivían más o menos felices. O preocupados, irritados, aterrados, pero sin el peso de la culpa. En esos días las cosas sucedían y nadie sabía bien por qué: así era la vida o, a lo sumo, así de caprichosos esos diosecitos que pululaban en el árbol, el agua, la luna lejana o el poderoso sol.

Y entonces eso. No se sabe bien cuándo, quién, cómo, pero en algún momento hace cuatro o cinco mil años, unos señores y señoras en Irak o Irán o Siria empezaron a creer que la culpa era suya. Que si se les había jodido la cosecha o muerto el quinto hijo o mancado el burro no era por esos azares de la vida, sino porque algo habían hecho para merecerlo. Y todo, entonces, empezó a cambiar: había aparecido, escribió Bottéro, la idea de pecado.

(Jean Bottéro nació pobre y provenzal en 1914, estudió con los curas, se ordenó dominico, se dedicó a enseñar, lo echaron por no querer decir que la Génesis era un hecho histórico. Entonces se consagró a la Mesopotamia, aprendió sus idiomas, se casó, tradujo el Código de Hammurabi, fue sabio y, sin embargo, publicó varios libros).

Cuando apareció, dijo Bottéro, el pecado no era una trasgresión que el pecador cometía en su vida cotidiana; no era un concepto moral, era administrativo. Un sacerdote erraba la invocación a un diosecillo y el diosecillo se enojaba; una familia sacrificaba la cabra equivocada a una diosita y la diosita se vengaba. El sacerdote y la familia quizá no lo sabían; creían que habían hecho todo bien y, de pronto, esa sequía o esa tormenta o esa guerra les probaban que no. Las desgracias llegaban como castigo a errores que su autor ignoraba. Así, la vida se volvió la continua zozobra de no saber si lo habías hecho bien o mal. Y la prueba de que habías hecho algo mal —no algo malo, algo mal— era que algo malo te estaba sucediendo.

La culpa era tuya, por supuesto. La invención mesopotámica del pecado fue la forma de transferir la culpa del poder al impotente: eran los hombres —cada hombre— los que se equivocaban, los que causaban las desgracias y debían suponer cómo y por qué. Los dioses eran como aquellos padres que le pegan a su hijo mientras le dicen que él ya sabe.

El cristianismo fue un avance: cuando recurrió a la idea de pecado para imponer un código de conducta, devolvió a sus creyentes cierta autonomía. Al menos podías elegir cuándo y cómo quebrabas las reglas, al menos te castigaban por algo que sabías que no debías hacer, aunque no supieras por qué no debías. O sí supieras: no debías porque el cura decía que el dios lo decía —y con eso alcanzaba.

Y la culpa seguía siendo tuya. La culpa se inventó para que fuera tuya: de un modo u otro, tuya, y te golpees el pecho y grites mea culpa mea grandissima culpa y todas esas vainas. Funcionaba: todo lo malo te sucedía por tus errores, por tus desviaciones, porque el poder —el dios o lo que fuera— era justo, infinitamente justo.

Hasta que, con el fin de la cultura realmente religiosa, ese gran truco del poder se desarmó. Aprendimos a pensar lo contrario: que la culpa no es nuestra, que son los conjuntos, las sociedades, las estructuras. Que el infierno son siempre los otros. Es curioso: para deshacernos de la forma más brutal de la opresión, de esas reglas escritas o no escritas que nos mantenían en el terror, tuvimos que empezar a suponer que no somos responsables de lo que nos sucede. Ahora lo malo siempre es culpa de ellos: los políticos, los economistas, los ricos, los inmigrantes, los infieles, los otros.

 

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