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8 de junio de 2021

Silvia Kutika, la actriz que decidió hacer del bajo perfil su bandera

Luis Luque y Silvia Kutika (Foto: Luciano Thieberger).

Se alejó de la industria de los reinados de belleza y así tuvo su primera oportunidad actoral en “Calabromas”. Hoy trabaja para Disney. Y celebra casi tres décadas de amor con Luis Luque.

Para quien vive en la Ciudad de Buenos Aires y tiene un pequeño jardín al frente -o unas cuantas macetas a la vista- no resulta extraño que Silvia Kutika pueda tocar su timbre. Así, de improviso, con una sonrisa y una pregunta: “¿Puedo llevarme el brotecito que está tirado en su jardín? Quiero intentar revivirlo”.

Resucitadora compulsiva. Así se define la hija de húngaros que comenzó a hablar español recién a sus cuatro años y que a los 18 se inscribió en la Universidad de La Plata, en la carrera de Biología. Eligió la orientación en Botánica, pero abandonó cuando le faltaba poco más de un año. La primera vocación se mantiene en lo doméstico, esa fascinación por lo microscópico, el universo vegetal, el tacto de las hojas, el respeto por sanar las raíces.

“Me gusta intentar hasta último momento salvar esa energía. Que no se pierda, que transmute”, explica una de las actrices menos arrogantes de la Argentina. Empezó como reina de belleza, inundó de coronas las revistas de los setenta, pero desechó los títulos de Primera Princesa Miss Siete Días y de Reina Panamericana en Colombia para probar con una vida “menos incómoda”.

“Esos primeros años ligados a la belleza me sirvieron para independizarme de mis viejos, dejé la casa a los 20, pero la obsesión por cuidar la imagen y exponerla era algo insostenible para mí”, recuerda sobre esos inicios que la llevaron a un debut en Calabromas, en 1980.

-¿Te acordás en detalle de ese comienzo en televisión hace 41 años?

-En casa no teníamos teléfono fijo. Yo trabajaba en una agencia de publicidad y había dejado el número de una vecina. Un día viene ella a decirme que el secretario de Juan Carlos Calabró quería hablarme. “Te vimos en la tapa de una revista y nos gustaría que formaras parte. ¿Querés leer el libro?”. Eran dos bocadillos, pero yo estaba feliz. Después, me fui a vivir con una amiga. Siento que de algún modo escapé de casa.

-¿Por qué?

-Porque en ese momento una enfermedad de mi viejo era agobiante para mí. Tenía que tomar fuerzas para poder apoyar desde afuera. Necesité despegarme de esa situación. Tal vez fui un poco egoísta, pero era tiempo de crecer.

-¿Cuál es la palabra en húngaro que más amás?

-“Szeretlek”, esa que no sonaba demasiado en casa, en Don Bosco, Quilmes, pero que entre las cuatro paredes se demostraba con las acciones y el cuidado: "Te quiero".

-¿Qué trabajos te recuerdan más?

-De carne somos, como novia de Guillermo Francella, o Luna de Avellaneda, como pareja de Ricardo Darín. Me siento orgullosa también de otros momentos: cuando fui dirigida por Sergio Renán en la película Sentimental; o las telenovelas 90-60-90 y El hombre que yo amo, o el desafío que implicó la serie Cartoneros.

Nació en Wilde, el 5 de agosto de 1958. Su padre, matricero, el húngaro Víctor Kutiko pensó en la Argentina como granero del mundo y llegó en un barco en los años treinta. Los malos entendidos en el puerto produjeron un cambio de vocal en el apellido.

Un verano, la familia Kutika cambió el rumbo de sus vacaciones. Abandonó el plan turístico de las sierras de Córdoba por la Costa Atlántica. En Mar del Plata, Don Víctor se enteró del concurso Miss Siete Días y - más interesado que Silvia- salió a buscar fotógrafos para que retrataran a su bella hija. Así, la veinteañera de ojos miel y sonrisa magnética, terminó ganando el certamen.

La pintura como segunda vocación llegó a su vida hace más de 20 años, después de un sueño. Soñó a un hombre cadavérico, en blanco y negro, con un juego pronunciado de luces y sombras, y cuando se despertó salió a comprar arcilla. De la angustia onírica nació una escultura que aún conserva y que terminó reproducida también en un cuadro. Así empezó un camino terapéutico que terminó en trabajo con acrílicos y exposiciones hasta en la ex ESMA, hoy Espacio Memoria y Derechos Humanos.

“Exorcizo. Soy muy abstracta al pintar y al esculpir tengo la oscuridad como tema. Hice una figura de un metro y medio como un cadáver. También hago parejas como quebradas, cruzadas por alambres. Mejor que saque esas oscuridades por ahí”, se ríe la que desde hace casi 30 años vive una historia de amor “pura luz” con Luis Luque.

Para 1984 actuaban como pareja en la telenovela Lucía Bonelli, algo inconsciente se encendió, pero ninguno hizo caso al presentimiento, cada uno tenía su pareja. Cuando volvieron a convocarlos como dupla, Luque se bajó del proyecto ante tantos sentimientos encontrados. “De esa decisión me enteré luego, cuando estábamos juntos. Creo en la predestinación. Si nos encontrábamos en ese primer momento, tal vez no nos hubiésemos quedado juntos después. Siento que teníamos que caminar otros caminos antes de amarnos”.

El reencuentro se dio con Alejandra Darín como celestina. Silvia ya era madre de Santiago y Alejandra le comentó que Luis tenía "fines serios". En un pasillo de Telefe él la invitó al cine a ver Drácula, versión Francis Ford Coppola. Ese día no hubo primer beso, pero sí buenos augurios. “Me di cuenta de que era él el que tenía que vivir con mi hijo y conmigo cuando una vez que me invitó a salir, estaba por pasar a buscarme y mi hijo tuvo una alergia tremenda que lo hacía hincharse. Salí corriendo al hospital de niños y cuando él llegó a casa, mi mamá le avisó que yo no estaba. Luis salió a buscarnos por todos los hospitales. No me encontró, pero eso me habló de quién era él”.

Su mundo privado no queda retratado en stories, en reels o posteos de Instagram. En un hábitat común en el que los actores nos muestran hasta la panorámica de sus baños, Silvia se mantiene como una rara avis de perfil bajísimo. “Nos guardamos momentos para nosotros. De jóvenes tuvimos momentos de gran explosión y tampoco nos gustó mostrar. Elegir qué no mostrar también habla de uno”.

Con los primeros estallidos de la pandemia y el congelamiento de proyectos de la industria audiovisual, Silvia comenzó a preguntarse de qué otro modo podría generar ingresos. No hubo plan B posible: "Todas las alternativas que se me ocurren son dentro del terreno artístico. Son tantos años de profesión que no veo salida en otro rubro. Solo se me ocurriría armar una cooperativa ligada al tema, pero me cuesta unir el negocio y el arte". La luz al final del túnel llegó en parte con la primera dosis de Sputnik: comenzó a grabar Tierra incógnita, una miniserie para Disney, y espera las funciones de El cuarto de Verónica, de Ira Levin, en el Teatro La Mueca.

De sus andanzas teatrales podría escribir un manual de situaciones hilarantes. De gira por el interior con Porteñas, por ejemplo, sufrió la caída de una escenografía y se puso a contar chistes hasta que alguien reacomodó el armatoste. También animó una interrupción escénica una vez que apareció un murciélago en la sala y una colega entró en crisis al grito de “¡vampiro!".

Ocurra lo que ocurra en la sala más recóndita, Kutika mantiene un ritual: avista un clavo, una lentejuela, una piedrita en el escenario y guarda el souvenir inesperado en una caja floreada. "Tal vez después no pueda unir el nombre o el año de la obra con el objeto, pero eso chiquitito me recuerda que viví, que caminé un escenario".

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