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MUNDO

7 de enero de 2021

Cuando nuestro consumo consume el mundo

Cada uno de los gestos cotidianos suponen actos de consumo que extinguen recursos y bienes comunes (C) LAURA VILLADIEGO

Frente a un discurso oficial que nos insta a olvidar lo que hay detrás de las mercancías que compramos, proponemos un ejercicio de reflexión que nos lleve a buscar alternativas más justas y acciones encaminadas a cambiar las reglas del juego

La primera acepción de la palabra consumir, según el Diccionario de la RAE, es “destruir, extinguir”. No siempre se consideró que una persona, al comer, consume. No siempre nuestra alimentación supuso la destrucción del entorno hasta colocarnos al borde de la extinción de los ecosistemas de cuya sostenibilidad depende la vida humana. Pero, en el marco del sistema económico y político actual, cada uno de los gestos cotidianos, a través de los que resolvemos nuestras necesidades y satisfacemos nuestros deseos, suponen actos de consumo que extinguen recursos y bienes comunes.

Parte fundamental del problema radica en esa confusión entre necesidades y deseos que se produce en nuestras sociedades contemporáneas. Y, también, en la caracterización como “recursos naturales” a disposición del ser humano de aquellas fuentes de vida que garantizan los flujos de los que depende la vida. La satisfacción de las necesidades humanas deviene en consumo cuando el sistema económico necesita de la mercantilización de la vida y, en esa rueda infernal a la que el pensador austríaco Karl Polanyi llamó “molino satánico”, comenzamos a tratar a los seres vivos, incluyendo a los propios seres humanos, como si fueran cosas.

Cuando eso ocurre, y se coloca en el centro la reproducción del capital y no la sostenibilidad de la vida, la lógica de flujo de la naturaleza, por la que los recursos tienen la capacidad de regenerarse, se convierte en una lógica de stock, de recursos finitos que se acaban porque extraemos por encima de la capacidad de regeneración. Si antes una comunidad podía abastecerse a partir de lo que crecía en su territorio, ahora necesitamos avanzar sobre territorios cada vez más lejanos para sostener nuestros opulentos estilos de vida. El sistema se llama a sí mismo eficiente, y critica otras propuestas de mundos posibles, como la agroecología o la agricultura campesina tradicional, calificándolas de poco eficientes; pero un análisis más detallado revela que, en realidad, el sistema hegemónico es profundamente despilfarrador en todos los sentidos, incluido el económico. Si su negocio resulta tan lucrativo es porque “externalizan” los costes reales de su actividad: no pagan salarios dignos, no pagan lo que contaminan, no pagan los daños a nuestra salud que implica el uso de sustancias tóxicas, y por no pagar, casi ni pagan impuestos.

Estamos ante una crisis civilizatoria que nos enfrenta a los límites planetarios que el sistema capitalista ignoró

Es lo que Carro de Combate ha tratado de desvelar en sus investigaciones a lo largo de sus casi nueve años de vida. Hemos analizado los impactos socio ambientales asociados a más de una veintena de productos, y hemos compilado esas fichas monográficas en un libro, Carro de Combate. Consumir es un acto político, que la editorial Clave Intelectual publicó en 2014. Llevaba años agotado, así que hemos decidido reeditarlo. No ha sido una simple reimpresión: seis años después, necesitábamos no solo actualizar los datos, sino reflejar algo de lo que hemos aprendido en nuestras más recientes investigaciones, que nos han permitido estudiar en mucha mayor profundidad algunos de esos productos.

Ha cambiado mucho, también, el contexto; y el gran acontecimiento llegó cuando estábamos ya sumergidas en la revisión del texto. La emergencia del virus SARS-CoV-2 y la pandemia de la covid-19 es, en nuestra lectura, una primera evidencia de alcance mundial del colapso ecosocial al que nos enfrentamos. No alcanza con decir que esta es una crisis sanitaria, o económica, o cultural; es una crisis civilizatoria que nos enfrenta a los límites planetarios que el sistema capitalista prefirió ignorar.

El libro, publicado en 2014, ha sido reeditado en una versión actualizada (C) CLAVE INTELECTUAL

Son muchas las evidencias científicas que muestran que la covid-19, como el resto de las enfermedades zoonóticas —aquellas que saltan de unas especies animales a otras, incluyendo el ser humano— están íntimamente vinculadas al sistema agroalimentario que se ha generalizado en las últimas décadas: por un lado, criamos el ganado en macrogranjas donde los animales se hacinan en terribles condiciones no solo para su bienestar, sino para nuestra propia salud; por otro lado, el modelo de los monocultivos, de los que se extraen los ingredientes que componen los productos ultra procesados que nos venden los supermercados, es la principal causa de la deforestación, y la pérdida de ecosistemas es precisamente una de las principales causas de la emergencia de nuevas enfermedades con potencial pandémico.

 

Podría suceder que no aprendamos nada de este año traumático. O pudiera ocurrir, también, que este sea el punto de partida para un cuestionamiento radical de nuestros modos de producción, distribución y consumo. Nuestro aporte con este libro es dar cuenta de cómo se produce y cuál es el costo real de mercancías tan diferentes como el azúcar, la ropa, el pan, los huevos, la electrónica, la carne o el chocolate para entender que se trata de un problema sistémico, estructural, que no cabe asignar a cierto tipo de productos ni a ciertas firmas o marcas.

Frente a un discurso oficial que nos insta a olvidar lo que hay detrás de las mercancías que compramos, proponemos un ejercicio de reflexión que nos lleve no solo a buscar alternativas más justas y sostenibles —que pasan por ir más al mercado y menos al supermercado, por optar siempre que podamos por comercios de barrio, por acortar los circuitos de comercialización, buscar productos frescos locales y evitar el exceso de embalajes—, sino también a buscar formas de acción colectiva encaminadas a cambiar las reglas del juego, para que las empresas no puedan seguir “externalizando” los daños a las trabajadoras, a los ecosistemas y a nuestra propia salud./El PAIS

 

 

 

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