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POLITICA

27 de noviembre de 2020

Casa tomada: el día que la muchedumbre copó la Rosada y puso a prueba el pacto social

Alberto Fernández se despegó de las acusaciones de un uso político de la ceremonia organizada en la Casa Rosada. ¿Por qué fue un caos?

No se puede entrar, ya se llevaron a Diego", gritaba un funcionario mientras trataba bloquear el paso a un grupo de simpatizantes dentro de la Casa Rosada. La escena se registró este jueves por la tarde minutos después de la irrupción de un centenar de personas por la puerta de Balcarce 50 para escabullirse luego por los pasillos de la principal sede del poder político.

Hubo gases, corridas y al menos dos personas heridas por el tumulto obsesionado con un último saludo a su dios. Toda ese clima de tensión lo vieron en directo Claudia Villafañe, Dalma y Gianinna Maradona, el círculo más cercano al ex futbolista que debió ser retirado junto con el cajón al Salón de los Pueblos Originarios por razones de seguridad.

La ocupación repentina fue la última gota que desbordó el vaso. Después de fracasar las negociaciones para extender la despedida, los funcionarios suspendieron la ceremonia y autorizaron la retirada del coche fúnebre. Un movimiento que solo fue posible mediante una maniobra evasiva para engañar a la marea de gente, que a esa altura ya estaba colgada de las rejas de Hipólito Yrigoyen y dispuesta a reingresar.

"Maradona no es propiedad de nadie", dijo anoche el presidente Alberto Fernández. El jefe de Estado intentó despegarse así de las acusaciones de un uso político de la ceremonia organizada en la Rosada, después de una jornada en la que los disturbios y la represión policial dejaron expuestas profundas tensiones sociales, agravadas durante la pandemia.

Las escenas de motos, balazos y corridas en la avenida 9 de Julio reflejaron un escenario bastante diferente al de unión y paz esperado por el oficialismo. Siempre se supo que había un riesgo en semejante convocatoria. Pero en política no hay nada más poderoso que una foto. Todos los gobiernos quisieron al astro de su lado. Y, con su muerte, la despedida del mayor ícono contemporaneo de la cultura popular argentina se volvió un asunto de Estado.

La muerte de Maradona, un hecho político

Lo que no calcularon las autoridades ni sus familiares es que desde el fatídico miércoles en que el corazón del 10 dejó de patear, el mejor futbolista de todos los tiempos desató un movimiento de emociones incontrolables, difícil de encorsetar dentro de un protocolo oficial improvisado, una ceremonia íntima o ambos a la vez.

El Gobierno intentó imprimirle su estilo al funeral negociado con la familia mediante la organización de un sector "vip", limitado a figuras del ámbito de la política, el espectáculo y el fútbol, junto con una modesta pasarela destinada a la procesión interminable de seguidores.

Esa tribuna popular se fue extendiendo a lo largo de 20 cuadras y en pocas horas se apoderó prácticamente del centro. Desde Plaza de Mayo hasta la estación de Constitución. Desde la Rosada hasta las autopistas por las que condujeron los restos de Maradona hacia su tumba, en Bella Vista.

Más allá de la presencia de barras -los capos de la 12 accedieron al vip y pudieron ingresar sus coronas- la concentración fue una demostración espontánea que superó todo lo previsto y desafío durante la jornada la organización de un duelo demasiado breve para movilizar tantas pasiones.

Como si esa pesada carga de añoranzas, sueños y frustraciones fuera patrimonio exclusivo de una parte de la sociedad en las últimas décadas. Un símbolo que, aún con todas sus contradicciones, le daba algún sentido a millones de historias. "Es el representante de nosotros, los pobres", fue la definición que balbuceó ayer entre lágrimas una chica con la remera de Boca, después de despedirlo.

 

 

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